Huracán
Huracán DE madrugada, cuando el paisaje era aún completamente gris y los grandes y oscuros pinos se levantaban como sombríos espectros, a Slone le despertó el frío. Tan ateridas tenía las manos, que a duras penas pudo encender un poco de fuego. De pie, junto a la fogata, se calentó las manos, extendiéndolas sobre las llamas. El aire era hiriente, límpido y fino, y trascendía de suave manera a heladas fragancias.
Rompió la aurora cuando se hallaba a medio desayuno. La blanca escarcha cubría el suelo y crujió bajo los pies de Slone cuando éste se dirigió en busca de sus caballos. Entonces vio huellas recientes de ciervo. Regresó al punto a donde había acampado, en busca del fusil, y volvió a ir por los dos caballos, pero atento a si se producía alguna señal de hallarse alguna pieza de caza por las cercanías.
