Huracán

Huracán

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XII

BOSTIL pudo dormir aquella noche, pero con sueño inquieto en el que dominaba un rugido extraño y terrible, del mismo modo que el huracán dominó todos los ruidos de un oscuro desierto. Se despertó muy temprano al oír una voz junto a su ventana. Presto atención y luego oyó un golpe en el postigo.

—¡Bostil! ¡Bostil! —exclamó la voz de Holley.

Bostil salto al suelo y no tuvo necesidad de vestirse, porque se había acostado sin quitarse más que las botas.

—Bueno, Hawk, ¿para qué vienes a despertar a un hombre a estas horas? —gruñó Bostil.

El rostro de Holley apareció sobre el antepecho de la ventana. Estaba pálido y grave y sus ojos de gavilán tenían un brillo vidrioso.

—No es muy pronto, mi amo —dijo—. Escuche.

Bostil se detuvo en el acto de ponerse una bota y, al prestar oído, miro a su empleado.

En el exterior se oía claramente un rumor intenso, semejante a un trueno lejano. Y Bostil se esforzó en manifestar su asombro.

—¡Demonio! ¡Es el Colorado! ¡Una avenida!

—Sí. Eso parece cosa del demonio, y al pobre Creech le sabrá muy mal —replicó Holley—. ¿Por qué no fue usted a buscar sus caballos, mi amo?


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