Huracán

Huracán

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XIV

SLONE estaba despierto, tendido bajo una ventana abierta, observando el brillo de las estrellas a través del follaje de los álamos, que producía suave ruido al ser agitado por el viento. A lo lejos aullaba un perro solitario, y también a gran distancia se percibía el argentino rumor del agua corriente.

En la mañana siguiente a la carrera, Lucía fue a verle. ¿Podría el olvidar sus ojos y su voz?

—¡Dios le bendiga por haber salvado a mi padre! —dijo—. Fue usted muy valiente… Pero tenga cuidado y no se deje engañar por él. No crea en su bondad y, sobre todo, no acepte sus proposiciones de trabajar para él. Mi padre solamente desea adquirir a Huracán, pero si no lo logra le odiará.

Estas palabras de Lucía fueron causa de que los días siguientes resultaran muy violentos para Slone. Bostil le agobiaba a fuerza de obsequios y de bondades, y no cesaba de importunarle para que aceptase sus ofrecimientos.

De no haber sido por Lucía, quizá él habría consentido. Lucía sostenía que su padre era un hombre estupendo y bueno en todo cuanto no se refiriese a los caballos rápidos, porque, al tratarse de eso, era un hombre imposible.


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