Huracán
Huracán A Slone le dio un salto el corazón y se le hizo un nudo en la garganta, de modo que ni siquiera pudo exteriorizar su emoción, su dicha, su asombro y su temor. Mas, sobre toda emoción, le dominaba su felicidad. Y apenas pudo contener el impulso de echar a correr en busca de Lucía, sin pensar para nada en la prudencia.
Se guardo la preciosa carta en el interior de su blusa, en donde parecía caldear su corazón, se abrochó el cinturón que contenía la pistolera y, después de apagar la luz, emprendió la marcha.
La luna, en su cuarto creciente, acababa de rozar la punta del risco. Las callejuelas del pueblo, las cabañas y los árboles estaban iluminados por su plateada luz. Un coyote solitario ladraba a gran distancia. Todo lo demás estaba tranquilo; el aire era fresco, suave y aromático. Y en el desierto se advertía el encanto combinado de la luz de la luna, el silencio y la belleza del paisaje.
