Huracán

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XVII

TAMBIÉN por vez primera en su vida, Bostil observó que su negocio de compraventa de caballos empezaba a resultarle desagradable. Aquel viaje a Durango fue un fracaso. Ocurría algo que no acababa de explicarse. Estas ideas cruzaban por su mente, mas él se esforzaba en no hacerles caso. Y durante los cinco días del viaje de regreso volvió a apoderarse de el aquel humor extraño.

El último día, tanto él como sus compañeros recorrieron más de cincuenta millas y llegaron al Vado a altas horas de la noche. Nadie los esperaba, y solamente los que estaban de guardia en los corrales pudieron enterarse de su regreso. Bostil, muy satisfecho de verse de nuevo en su casa, se acostó y se quedó dormido.

Se despertó bastante tarde, contra lo que tenía por costumbre. Una vez se hubo vestido y salió a la cocina, supo que su hermana estaba ya enterada de su regreso y que, por consiguiente, ya tenía preparado el desayuno.

—¿Dónde está la niña? —preguntó Bostil.

—No se ha levantado todavía —contestó la tía Jane.

—¿Cómo?

—Lucía y yo tuvimos una disputa anoche, y ella, muy enojada, se metió en su habitación.

—No es cosa rara en ella.


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