Huracán
Huracán AQUELLAS huellas seguían el estrecho cañón hasta la base de la meseta. Slone, para no fatigar a su montura, subió a pie, deteniéndose, de vez en cuando, a descansar. La última parte del cañón si bien resultaba muy pina, no era, sin embargo, tan infranqueable como parecía desde abajo. Y en aquella altura el viento, absorbido por los cañones, soplaba con fuerza y se retorcía con violencia.
Por fin Slone condujo a Huracán a lo alto de la pendiente y se detuvo para respirar. Ante él había una ligera pendiente cubierta de hierba y que llevaba al sombrío bosque de pinos del cual parecía proceder el fuerte viento. A los pies de Slone se extendían los salvajes cañones, maravillosos por su número, excavados en la roca pelada y que tenían reflejos rojos, amarillos y dorados, y cuyas profundidades estaban casi ocultas por algo que parecía una cortina de humo.
Huracán olfateó el viento y dio un ronquido. Slone se volvió algo inquieto al ver que el corcel le dio la alarma. Como un rayo monto a caballo y en el acto percibió un débil grito traído por el viento. Se parecía a otro que oyó en sueños. Pero estaba tan fatigado que no tenía seguridad de cosa alguna.
