Huracán
Huracán Suyo para siempre sería el desierto, siempre diferente y siempre invariable a la vez, las leguas de terreno ondulado, como un mar de vegetación, los grandes cañones, los gigantescos riscos, el sombrío río con el misterioso fragor de sus aguas, las mesetas alineadas de pinos, la infinita latitud del horizonte interrumpida por solitarios y majestuosos promontorios, y las últimas lomas con su atracción hacia un más allá. Siempre suyas las solitarias estaciones los vientos helados y estremecedores, la intensidad del frío, los cielos acerados, las pálidas nieves; los grises campos de salvia y la hierba blancuzca al ser semicubierta por la blanca sabana de arena que agitan los vendavales; el aliento de horno ardiente del verano, sus magníficas cabalgatas de nubes, sus negras tormentas que se deshacen sobre unas u otras cumbres, las oscuras cortinas de lluvia y las apariciones del arco iris; las cascadas de encaje sobre los lisos y roqueños precipicios, el fragor de los enrojecidos caudales y la gloria dorada del otoño, cuando el tiempo parece detenerse en un atardecer perpetuo. Suyo el cabalgar bajo los cielos abiertos sintiendo el sol en los hombros y las alas del viento en el rostro. Suyas, en suma, las aventuras indecibles que, tarde o temprano, habría de afrontar y cuyo presentimiento latía ya en el extraño anhelo de su corazón, lleno de presagios que le decían que el lugar de sus andanzas sería el fondo de aquella pendiente cubierta de salvia y llena de atracción.
