Huracán
Huracán TRES cazadores de caballos salvajes acamparon una noche junto a un arroyuelo del Valle de Sevier, a quinientas millas del Vado de Bostil.
Estos cazadores iban pobremente equipados, siendo los caballos lo único excelente que tenían. Eran jóvenes, bien formados, aunque flacos y de naturaleza endurecida en los ejercicios hípicos; estaban bronceados como los indios; su rostro era sereno y sus ojos penetrantes. Dos de ellos parecían estar muy cansados y remoloneaban en el trabajo del pequeño campamento. Así que el frugal yantar estuvo preparado, se sentaron cruzados de piernas alrededor de un viejo mantel embreado, y comieron y bebieron en silencio.
El lado de poniente estaba enrojecido y oscurecía con lentitud. El valle se extendía muy amplio y ondulado, todo él cruzado de bordes y zanjas, y su color rojizo se iba transformando en gris cada vez más profundo. Lo circundaban unas crestas pétreas coloreadas por el arrebol crepuscular, y se alargaba hacia una sierra de escasa altura, dilatada y negruzca.
