La Caravana perdida

La Caravana perdida

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V

El alba rompió lenta y extrañamente sobre Tanners Swale como si la Naturaleza se mostrase reacia a iluminar de nuevo el escenario en que la caravana se había perdido.

Ningún reflejo rojo se difundió por el Este. La niebla y el humo persistieron a baja altura, como una cortina, y las sombras no se disiparon. Aquel risco gris parecía arrugarse reprobador sobre la monótona melancolía de la pradera y del ondulante camino que cruzaba la arenosa extensión.

Pero la escena que se desarrollaba aquella mañana estaba llena de vida y actividad. La banda de Latch y los salvajes de Satana se retiraban con su botín. Latch se hallaba sentado sobre su caballo, al borde de la pendiente, y vigilaba atentamente y enviaba de vez en cuando alguna orden a sus hombres por medio de su ayudante Cornwall. Pero nunca bajó a la hondonada. Satana, sí; estaba en la hondonada, a horcajadas sobre su caballo, en el centro más lleno de actividad. Hacía mucho tiempo que habían cesado los gritos de los salvajes. En aquella hora los muchos muertos que habían tenido servían de contrapeso a la exaltación que les produjo el triunfo.

El ron no fue fiel a Latch. El ron había adormecido las lenguas y la sensibilidad de sus hombres, del mismo modo que había ejercido su tremendo poder sobre los salvajes kiowas.


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