La Caravana perdida
La Caravana perdida —¡PreferirÃa que me hubiera matado aquel salvaje! —murmuró ella.
—¡HabrÃa sido preferible, ciertamente! La ley de mi banda era no dejar alma viviente, no dejar huellas... Y lo más horrible de esta situación es que no puedo salvarte la vida.
—¡No quiero vivir!... ¡No quiero vivir... ya! —exclamó ella entrecortadamente—. Pero mi...
mi... No deberás permitir que esos hombres se apoderen de mÃ... y...
—TendrÃan que matarme antes, Cynthia.
—Pero, Stephen; si la muerte es el edicto de tu banda... ¡mátame! ... Cuando veas que no hay esperanzas... Recibiré con agrado la muerte que venga de tus manos... Yo te he traÃdo a esta degradación... DeberÃa morir a tus manos... jura que me salvarás de este modo... si...
—¿Matarte? Cynthia, ¿cómo podrÃa hacerlo...? No sabes lo que me pides.
—Pero es la única solución —suplicó ella, hundiendo de nuevo la cabeza en el pecho de él—. Stephen, dices que me amas todavÃa. Entonces, no puedes permitir que esos hombres me ofendan.
—¡No! —exclamó él irguiendo la cabeza—. No podrÃa... ¡Lo prometo, Cynthia! ¡Oh, Dios mÃo, que hayamos llegado a esto! ... Te mataré en el acto... en el momento que vea que no hay esperanzas de salvarte.