La Caravana perdida

La Caravana perdida

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Latch, presa de las emociones, descendió por un retorcido camino. Su decepción le parecía mucho más intensa a causa de la sorpresa que le produjo el saber Que todo ello pudiera importarle.

Su primer impulso, matar a Keetch, se desvaneció. ¡Qué lugar más maravilloso! La casa ranchera de Maxwell era más espaciosa, tenía más aspecto de fortificación propia de un barón feudal, pero no podía ser comparada con aquélla en lo referente a belleza. Latch corrió a través del terreno liso, se aproximó a la casa, al enorme castaño y a los algodoneros que se erguían en estático aislamiento. Un ancho pórtico, evidentemente la entrada principal de la casa, se hallaba frente a los grandes árboles. Y el terreno situado al pie de la edificación era tan verde y tan liso como si se tratara de un parque bien cuidado.

No se veía a persona alguna por aquella parte. Ni ningún caballo ni vaca. Latch vio ardillas, conejos de largas orejas y ciervos que no le prestaron atención. Deteniéndose ante el alto pórtico, Latch gritó. No obtuvo respuesta. Al descabalgar vio a su vaquero y los animales de carga siluetados ante la línea del horizonte. Latch volvió a llamar.

En aquel momento una muchacha muy joven, de cabello dorado y peinado en tirabuzones, llegó corriendo y fijó la mirada de sus ojos, totalmente abiertos, sobre Latch.

 


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