La Caravana perdida

La Caravana perdida

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Una mujer mejicana salió del edificio detrás de la niña. Latch se disponía a llamarla cuando otra mujer, blanca, rolliza, se acercó a la puerta. Miró a Latch y luego, evidentemente sorprendida, volvió a entrar en la casa. Latch la oyó llamar, y a continuación una voz profunda y el golpeteo de una muleta le produjeron una viva emoción, porque adivinó que estos sonidos eran producidos por su antiguo compañero Keetch.

El hombre que se presentó era ciertamente Keetch; pero un Keetch de cabello gris, que ya no tenía el rostro severo ni la mirada dura.

—¡Dios mío! ¡Si es Latch! —exclamó con placer que se llenaba de incredulidad. Y estuvo a punto de caer como consecuencia del apresuramiento con que cruzó el pórtico.

Latch soltó la brida y se acercó a las escaleras para encontrarse con Keetch. Ambos se estrecharon las manos. Latch vio impresa en el rostro del proscrito la lealtad de que jamás había dudado.

—¿Cómo te va, Keetch? —Éste fue su saludo.

—Bien... Te he estado esperando... Te he estado buscando día a día durante los dos últimos años. Y me alegro mucho de verte, patrón —contestó cordialmente Keetch—. Baja del caballo y entra, jefe. Tenemos algunas sorpresas para ti.

—Espera un momento..., Keetch —dijo Latch, un poco jadeante— cada cosa... a su tiempo...


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