La Caravana perdida
La Caravana perdida Corny dejó de mirar los ojos fijos y el rostro contraÃdo del postrado guÃa.
Repentinamente, frÃo y angustiado, se alejó de él.
—Te forzó a luchar, Corny —dijo Weaver, el jefe de los guÃas, en tono áspero y apresurado—. Todos lo hemos visto: Pero ese hombre era el favorito de Lanthorpe, y ya sabes que Lanthorpe te tiene ojeriza... Márchate al galope, compañero, antes de que venga.
—Lo lamento mucho, Corny —añadió un jinete de rostro delgado—. Ninguno de nosotros apreciaba a Pitch. Era un hombre mezquino. Y ha encontrado lo que era natural que encontrase... Pero, como dice Weav, Lanthorpe le tiene cierto afecto. No podrás hacer nada mejor que escapar.
—Pues... tengo pensado quedarme —declaró mientras enfundaba la pistola.
—SÃ. Y hacer lo mismo con él —añadió Weaver—. No lo hagas, Corny. Con eso solamente conseguirÃas convertirte en un proscrito. ¿No es cierto, Chet?
—¡Cierto como el infierno! Y te apreciamos demasiado para permitirlo, Corny. Si no quieres cuidarte de ti mismo, por lo menos piensa un poco en nosotros.
—Si ponéis las cosas de ese modo...—replicó Corny reflexivamente.