La Caravana perdida

La Caravana perdida

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XII

Corny paseó junto a ella como si lo hiciera en un sueño. No obstante, comprendió que aquél era el acontecimiento más extraordinario de toda su vida. Al fin Y al cabo, Estie no era una niña. Tenía la cabecita coronada por el ondulado cabello rubio, que le llegaba a al altura del hombro. La joven caminaba delicadamente y se levantaba el borde de la falda en ocasiones para evitar que se adhiriesen a ella los hierbajos.

Un enorme algodonero se doblaba por completo y constituía un puente que servía para salvar el arroyo. Aun cuando estaba medio desarraigado, conservaba fresco su follaje verde.

La joven puso las manos sobre el tronco.

—Si tuviera un estribo en que apoyarme, podría subir al árbol —dijo, y se volvió—.

Levánteme.

Corny puso una mano sobre cada lado de su delgada cintura y la levantó en vilo. Pero pesaba más de lo que parecía.

La joven se estiró las faldas y luego bajó la vista hacia él, que estaba apoyado en el tronco. Si Corny hubiera sabido algo acerca de mujeres jóvenes, habría podido observar que aquélla estaba pálida y muy seria.

—¿No cree usted que éste es un modo de proceder muy extraño en una mujer como Estie Latch? —preguntó.

—No podría asegurarlo. Pero sí puedo decir que es muy desacostumbrado para mí.


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