La Caravana perdida

La Caravana perdida

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II

S obre este estado de ánimo cayó con dureza la voz aguda de Lester Cornwall.

—¡...días, coronel!

—No puede decirse exactamente que haya de ser un buen día, Lester —contestó Latch mientras retiraba las mantas y se sentaba en el camastro—. Me parece que está brotando el alba gris de un día funesto.

—Funesto si Leighton se sale con la suya, coronel —replicó el joven en voz más baja—. No tengo confianza en ese hombre.

—¿Has oído algo? —preguntó Latch, en tanto se ponía presurosamente las botas.

La oposición de algo o de alguien de quien desconfiase, le endurecía y estimulaba para emprender la lucha.

—Baste decir que estoy al lado de usted —contestó intencionadamente Cornwall.

—Gracias, Lester. Espero que los acontecimientos justificarán tu confianza... ¿Te ha ordenado Leighton que vinieras:?

—No. Ni le ha gustado que me metiera en esa cuestión... Anoche hice intención de ser el primero en levantarme, y así ha sido. Leighton está con Sprall y ese pistolero de Texas. Están ensillando un caballo de carga.

—Y todo eso, ¿qué tiene que ver contigo?


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