La Caravana perdida
La Caravana perdida Era imposible que Latch no fuera feliz. Nada podrÃa destruir aquella alegrÃa profunda, rica, maravillosa, no siendo el descubrimiento por parte de Estie de su terrible pasado. La muchacha lo adoraba, le atribuÃa cualidades de héroe, le suponÃa un occidental de sangre azul que habÃa dedicado su vida a la tarea de pacificar a los salvajes, de conquistar su amistad, de tener su casa abierta para todos los vagabundos de las llanuras. Para ella era un hombre grande y bueno, un padre del que el ser hija constituÃa un motivo de orgullo. Sin embargo, la vida de Latch estaba continuamente atormentada por un terrible temor: que sus pecados fuesen descubiertos, que Estelle averiguase la verdad. Y él serÃa capaz de morir del modo más violento y doloroso si con ello pudiera conservar su secreto.
—¡Papá, ya estoy en casa... para quedarme!— gritó Estie, mientras le rodeaba el cuello con los brazos—. No volveré más a aquella maldita escuela.
—¡Maldita! Seguramente no has aprendido esa jerga en la escuela de la señorita Delorme.
—No. De ningún modo. No la aprendà allÃ. Pero me gusta más que el francés... Papá, deberÃa haber estudiado español. La mayorÃa de tus trabajadores hablan el español.
—Son mejicanos, querida... Pero tendrás que regresar a la escuela con tus amigas.