La Caravana perdida
La Caravana perdida La altitud hacía que la lluvia que caía fuese fría. Grandes hogueras ardían bajo los altos algodoneros y brillaban en los rostros de bronce de los salvajes. Un muro colosal de rocas se elevaba en la parte posterior del campamento hasta tanta altura, que su borde no podía ser percibido en la oscuridad de la noche. A1 otro lado del desfiladero, el muro, oscuramente distinguible, tenía un borde accidentado, agudo como un filo de una lanza. Los murciégalos volaban en la oscuridad y lanzaban sus gritos lúgubres. Las voces de los hombres, el ruido de cascos de caballos y el sonido que producía el agua al caer, se mezclaban al incesante zumbido de los insectos. Las hogueras ardían de lleno o reducidas a rescoldos, según la cantidad de combustible de que los hombres que las cuidaban podían disponer. Los kiowas estaban sentados en círculo o formando grupos, silenciosos, estoicos, con sus oscuros rostros y ojos inescrutables en los que se reflejaba la impasibilidad de su destino.
