La Caravana perdida
La Caravana perdida Una sombra se inclinaba en la llanura sobre Stephen Latch. Corny lo había comprendido a través de los vagos temores que Estelle, temores de algo que no sabía definir, abrigaba en su anhelo y en su simplicidad por defender a su padre. Con aquella sombra volvieron las murmuraciones del Camino Viejo. El rumor de que el Campo de Latch era un punto de reunión de forajidos había corrido, de campamento en campamento, a lo largo de la senda del imperio del ganado. Donde hay humo, debe haber fuego. El agresivo interés de Corny se agudizó por efecto de su deseo de defender a Estie Latch. Solamente una sombra sobre sus ojos violeta —la misma sombra que aleteaba sobre los de su padre— era suficiente para incrementar la llama cuyos rescoldos ardían siempre en el pecho de Corny. Pero parecía haber, además, otro incentivo, que él no acertaba a comprender... ¿Sería, acaso, el papel ignorado que Corny estaba destinado a desarrollar en las vidas del padre y de la hija?
Corny necesitaba disponer de un día, de una semana, de un mes, quizá de más tiempo, para penetrar en las guaridas del Campo de Latch, para descubrir lo que se encerraba en las hostiles imaginaciones de aquellas personas enemigas de la felicidad de los Latch. Quería adquirir certeza de un algo intangible que le parecía percibir.