La Caravana perdida
La Caravana perdida Latch continué sentado durante largo tiempo, hasta que percibió que los grilletes que le inmovilizaron comenzaban a aflojarse. Estelle no quedaría ya sola frente a sus enemigos, puesto que aquel joven la defendería y la protegería. Un esposo, un luchador, un tejano...
Todas estas cualidades eran dignas de estima. Estelle sería capaz de querer tan profunda, tan apasionadamente como su madre, y la vida valdría la pena de ser vivida por ella, aun cuando la ruina y la catástrofe la hiciesen su víctima.
Nuevamente se preparó Latch para una batalla decisiva. Todos los dolores le habían acosado, todos le habían amenazado, excepto la angustia de ver que la hija de la mujer a quien había adorado, la sangre de su sangre, conociera su infamia y se alejase de él maldiciéndole.
Aquélla sería una cosa excesiva para que la naturaleza humana pudiera soportarla. Debía anticiparse a ella, prevenirla, evitarla. Y libre del temor de dejar a Estelle sola en el mundo, se levantó como un viejo león de batalla lleno de cicatrices, dispuesto a lanzarse contra su enemigo con una carga decisiva.