La Caravana perdida

La Caravana perdida

XVII

Slim Blue obligó a su caballo a saltar a toda velocidad sobre dos verjas y sobre una zanja de riego. Brazo parecía haberse contagiado de la decisión de su dueño. Los largos días de holganza no habían adormecido la viveza del más rápido de todos los caballos de vaqueros.

Llegando al terreno descubierto, Brazos se lanzó a toda carrera y muy pronto arribé al desfiladero de Tela de Araña. Blue lo detuvo en un declive poblado de árboles y, por primera vez, volvió la vista hacia atrás para ver la conflagración a que había dado origen.

«No me equivoqué al pensar que aquella cantidad de paja que había por el suelo me sería muy útil», se dijo con fría satisfacción. Unas llamas fantásticas se elevaban bajo la ancha columna de humo negro. El vaquero se limpió el sudor del rostro. Luego, sin retirar la mirada del fuego, lió un cigarrillo. Slim fumaba lentamente. Cuando casi había consumido el cigarrillo la casa de Leighton y las inmediatas estaban reducidas a cenizas. Media hora más tarde, sólo unas nubes amarillentas de humo marcaban el lugar en que habían existido.

Blue no había dejado de buscar con la mirada la presencia de caballistas.


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