La Caravana perdida
La Caravana perdida En el hermoso rostro moreno de Stephen Latch se marcaban los estragos de un perÃodo de vida desenfrenada. Representaba alrededor de treinta años y era hijo de un plantador de Luisiana que se habÃa arruinado en los comienzos de la guerra. A Latch no se 1e habÃa concedido cargo alguno, en el Ejército Confederado, y, amargamente eliminado, luchó contra el oficial que le habÃa desplazado. Con las manos tintas en sangre y con el corazón lleno del odio de los rebeldes del Norte, inició su propia batalla contra los meridionales. La que en los primeros momentos fue solamente una lucha de guerrilla; degeneró muy pronto en acción de malhechores de la frontera.
Por el norte de Texas se extendieron los desertores, los vagos, los parásitos que habÃan de vivir fuera del amplio tráfico de las llanuras constituido por los precursores que viajaban hacia el Oeste, los transportistas que conducÃan abastecimientos para los fuertes y los puestos militares de Nuevo Méjico y Colorado, y los buscadores de oro que se dirigÃan a California.
Los forajidos y los proscritos se habÃan repartido desde el Norte y el Oeste, asà como la canalla de las ciudades, los hombres que huÃan para no tener que alistarse en los ejércitos, una horda de individuos sin freno, sin nombre, sin esperanzas y sin designios.
