La Caravana perdida

La Caravana perdida

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Y llegó su afortunada unión con Satana. Los kiowas, bajo la dirección de su jefe, eran implacables para los cazadores de búfalos, los soldados y las caravanas. Satana era un hombre con quien las negociaciones resultaban difíciles, pero los regalos, y especialmente el aguardiente, consiguieron atraerle; había sido el último hombre de su banda que se decidió a unirse a los blancos. Siendo descendiente de una familia del Sur que había sido rica y altiva, a Latch le irritó el verse despreciado por un salvaje a causa de la traición que cometía contra sus propias gentes. Pero Satana le era necesario para el cumplimiento de un terrible proyecto.

Latch podría servirse de los kiowas para su realización, y sacrificarlos cuando lo hubiera conseguido. Su gran arma era el ron., del cual poseía varios carros que había robado a una gran caravana y escondido en el desfiladero de Tela de Araña. Solamente Leighton, su lugarteniente, que era pariente lejano suyo y que provenía del Sur, y otros dos hombres, sabían dónde estaban ocultos los barriles de alcohol. Latch comprendía que le costaría mucho trabajo seguir manteniendo el secreto, y proyectaba esconder el ron en algún otro lugar, con la ayuda de uno o dos hambres en quienes pudiera confiar por completo.

—Stephen, queremos un poco de whisky —dijo Leighton.


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