La Caravana perdida

La Caravana perdida

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IV

Unos momentos después de que Anderson pronunciara las últimas palabras, la luna apareció tras la escarpada elevación y el escenario cambió como por arte de magia.

Era una luna grande y plena, implacable, en cierto modo, en su frío brillo. El círculo de cerros cubiertos de lomas sobresalía sobre las alturas inmediatas, como un conjunto de arcos de plata, y las tiendas de campaña brillaban tanto como ellos. Las sombras de los árboles-caían especialmente sobre los breves claros del terreno, cubiertos de hierba, y sobre el arroyo.

Gradualmente, todos! los sonidos cesaron en el interior del círculo. Los viajeros, del todo vigilantes y en guardia, estaban tumbados tras la hilera exterior de ruedas de los carros que componían el primer círculo. La noche era cálida. Hacia el Este, al otro lado de las llanuras, se agrupaban-en el horizonte unas nubes oscuras, y unos pálidos relámpagos brillaban a intervalos. Los caballos y los bueyes, que habían pastado anteriormente, ya no rompían el silencio. No sonaba el susurro de las hojas de los árboles. El canto de los insectos murió también. La Naturaleza parecía haberse encerrado en un silencio y una impaciencia anunciadores de tragedia.

Antes de que Anderson hubiera terminado de instalar a todos sus hombres por parejas a lo largo del círculo, Bowden se acercó a él indeciso y malhumorado.


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