La Caravana perdida

La Caravana perdida

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—Guía, si nos salva usted a mi sobrina y a mí, si nos hace sobrevivir a los peligros de esta noche, le recompensaré generosamente.

—Bowden, sus ofertas no me tientan en este momento..., como no sean ofertas que hayan de cumplirse en el cielo —replicó el guía, enojado.

—Hay un doble fondo en mi carro... y está lleno de oro —susurró Bowden.

—¡Oro! —exclamó Anderson, sorprendido al apreciar la torpeza de aquel hombre del Este.

—Sí, una fortuna. Le pagaré...

—¡Váyase al infierno con su oro, Bowden! —le interrumpió despiadadamente Anderson—.

El oro no sirve para comprar nada allá arriba.

Más tarde, cuando todos los hombres estuvieron instalados en sus respectivas posiciones, Anderson y Smith se situaron bajo el gran carro de Tullt y Compañía, número 1-A., de Bowden. Su propietario había decidido permanecer en la segunda línea, bajo el oro que tan precioso era para él y tan inútil le resultaba en aquel lugar. De los cincuenta y tres hombres que componían la expedición, uno tenía que quedar forzosamente sin compañe-r; y éste fue Bowden, ya fuese por accidente o por designio.

—Hay algunos hombres que resultan muy pintorescos —murmuró Smith al oído de Anderson.


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