La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre De pronto percibió el ladrido de un perro. Se incorporó rápidamente sintiendo un frío que penetraba hasta la medula de sus huesos. El movimiento le recordó que tenía el brazo herido. Oyó luego otros ladridos más distantes. El silencio volvió a rodearle, pero de un modo amenazador y opresivo esta vez. Era evidente que habían puesto sabuesos sobre su pista y que el jefe de la jauría no andaba lejos. Duane conocía muy bien tales perros y sabía que si le rodeaban en aquella impenetrable oscuridad lo situarían o le obligarían a abandonar su refugio, del mismo modo que los lobos dan caza a un ciervo. Se puso en pie y se preparó para huir con toda la celeridad posible, aunque antes quiso averiguar la dirección que convenía tomar. El jefe de la jauría volvió a ladrar con fuerza de un modo extraño, amenazador y significativo. Duane se sintió cubierto de sudor frío. Se alejó de la dirección de donde procedía el ladrido y con el brazo sano extendido, para palpar las ramas de los sauces, siguió avanzando. Como ya le era imposible elegir los mejores pasos, tenía que deslizarse por entre las flexibles ramas, produciendo tal ruido, que ya no pudo oír los ladridos de los perros. No tenía esperanza de burlar su persecución. En aquel momento sólo se le ocurrió encaramarse por el primer álamo que encontrase en su ciega fuga, pero quiso la mala suerte que no hallase ninguno. Caíase unas veces cuan largo era; otras podía agarrarse a las ramas de los sauces. Lo más duro para él era tener sólo un brazo sano para abrirse paso. Mientras tanto, sus pies tropezaban a veces con las raíces, quedando frecuentemente aprisionados en ellas. Luchaba con desesperación. Parecíale que los sauces se habían convertido en manos enemigas, que, con la mayor malignidad, le impedían la fuga. Se le rasgó el traje por mil sitios y recibió más de un arañazo mientras seguía adelante. Pero continuó del mismo modo, con terrible decisión, hasta que tropezó contra un álamo.