La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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A última hora de un día de septiembre llegó un forastero a Ord, y, en una comunidad en donde todos lo; hombres eran notables por una u otra razón, aquel individuo logró excitar el interés público. Quizá su caballo fue el primero en llamar la atención porque en aquella región los caballos tenían mucha más importancia que los hombres. Aquél, sin embargo, no merecía el nombre de hermoso, más bien a primera vista parecía feo. En cambio, era un gigante, negro como el carbón y tosco a pesar de los cuidados que sin duda le tributaban. Era largo de cuerpo, recio, vigoroso, y todo él había alcanzado un desarrollo extraordinario. Un curioso observó que tenía la cabeza muy grande y quizá, fijándose solamente en ésta, habría parecido un caballo muy hermoso. Como los hombres, los caballos muestran lo que son por su forma, su tamaño, sus líneas y el carácter de la cabeza. Aquél de mostraba que era un animal leal, lleno de fuego, veloz; de viva sangre; sus ojos eran tan negros y suaves como los de una mujer. Tenía la cara negra por completo, a excepción de una mancha redonda y blanca en la frente.

—¿Quiere usted decirme cómo se llama este caballo? —preguntó un pilluelo en cuyos ojos se traslucía su amor por los caballos.

—Proyectil —contestó el jinete.


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