La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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A la mañana siguiente se enteró de que el pueblecillo se llamaba Sanderson. Era mucho mayor de lo que imaginara en el primer momento. Recorrió de un extremo a otro la calle principal y al regresar de su paseo vio detenerse algunos jinetes ante la posada y echar pie a tierra. En aquel preciso instante salía la familia de Longstreth. Duane pudo oír perfectamente que el coronel profería una exclamación. Luego le vio estrechar la mano de un hombre de elevada estatura. Longstreth, que parecía sorprendido e indignado, hablaba con la mayor vehemencia, pero Duane no pudo oír sus palabras. El otro individuo se reía, pero Duane observo cierta expresión sombría y también noto que aquel individuo empezaba a espiar a la señorita Longstreth. De pronto cambio la expresión de su rostro y se quitó el sombrero. Duane se acercó.

—¿Te has traído los tiros de caballos, Floyd? —pregunto Longstreth en tono seco.

—No, señor. Solamente he traído mi propio caballo de silla —contesto el interpelado.

—¡Hum! Ya hablaremos de eso más tarde.

Entonces Longstreth se volvió hacia su hija.

—Mira, Ray, te presento a tu primo, de quien ya te hable. Hace diez años solías jugar con él; supongo que recordarás a Floyd Lawson. Floyd, te presento a mi hija y a mi sobrina Ruth Herbert.


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