La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Capítulo XVII

Duane abandonó la sala del tribunal abriéndose paso a codazos por entre la multitud y luego salió a la calle. Estaba seguro de haber visto en los rostros de algunos: hombres la sorpresa, mal disimulada, y la satisfacción. Era evidente que acababa de encontrar un rastro muy importante y quería saber adónde conducía. No era improbable que al final de él hallase al mismo Cheseldine. Duane estaba entusiasmado, pero, de pronto, se acordó de Ray Longstreth. Como sospechaba que el padre de la joven no era lo que pretendía ser, cabía en lo posible, hasta era probable, que él mismo hiciese caer el dolor y la vergüenza sobre aquella joven, y esta idea le causó profunda pena. En su mente parecía haberse fijado de un nodo indeleble la imagen de la señorita Longstreth, y Duane observó que pensaba más aún en su belleza y en su dulzura que en la deshonra que pudiese acarrearle. Una extraña emoción que por largo tiempo estuvo encerrada en su pecho llamaba para hacerse oír, para que la dejasen salir, y él sentíase en extremo turbado.

Al regresar a la posada encontró a Laramie bastante bien de su herida.

—¿Cómo está usted, Laramie? —preguntó.

—Mucho mejor de lo que podía esperarse.

Llevaba una venda en torno de la cabeza, aunque quedaba al descubierto el chichón que le hiciera el atracador. Estaba pálido pero bastante animado.


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