La Herencia del desierto
La Herencia del desierto Hacia el final del dÃa siguiente llegó Jack a Seeping Springs. Un montón de ceniza marcaba el lugar donde habÃan estado los troncos de pino labrado. En torno de la charca habÃa una orla oscura, formada por las pisadas de numerosas pezuñas. Hasta el borde de tablones que antes existiera allÃ, rodeando el abrevadero, habÃa ardido. Estaba Jack librando a Silvermane del bocado, para que bebiera, cuando oyó que le gritaba una voz conocida. Dave Naab salÃa en aquel momento, a galope, de entre los cedros, seguido a alguna distancia por su padre y sus hermanos, que traÃan una cargada recua.
—¡Conque ha andado usted haciendo travesuras!, ¿eh? —exclamó Dave tirándose de la silla y agarrando a Hare por los hombros, efusivamente, con ambas manos—. Ya sé dónde ha estado, y lo que ha hecho. Padre se mostrará furioso, pero no le haga caso.
Los otros Naab descendieron la cuesta al trote y alinearon sus caballos a la orilla de la charca. Los hijos miraban a una parte y a otra, con gran asombro; el padre contemplaba la escena, despacio, y por fin volvió sus iracundos ojos en dirección a Hare.
—¿Qué significa esto? —demandó con voz tonante, arrastrando las sÃlabas, indicio seguro de su incontenible enojo.
Hare le explicó minuciosamente todo lo ocurrido.
