La Herencia del desierto
La Herencia del desierto El infatigable corcel gris, al sentir sueltas las riendas sobre su cuello, trotó rápidamente hasta alcanzar al perro, que se había adelantado, y en lo sucesivo le siguió pegado a sus talones. Con la puesta del sol, se agitó la brisa, y fue refrescando a medida que caía la noche, despejando la pesadez de la atmósfera. Luego, las tinieblas cubrieron con su manto todo el llano.
