La Herencia del desierto
La Herencia del desierto Conteniendo el resuello para escuchar mejor, marchó Hare hacia la puerta de salida de la hacienda, y cuando hubo dejado atrás el recodo del murallón rojo, lanzó un gran suspiro de alivio. En seguida espoleó a Bolly, poniéndola al trote largo, y prosiguió su camino, poseído de extraño júbilo. Habíase escapado del oasis sin ser visto ni oído, y lo menos hasta bien entrada la mañana no descubriría su ausencia Augusto Naab, quien acaso tardaría más en adivinar su propósito. Para entonces, Hare llevaría una considerable delantera. Se estremeció, con una sensación análoga al miedo, al imaginar la cólera del anciano, y consideró qué cambios produciría ésta en sus planes. En su imaginación, ya veía a Naab y a sus hijos y a la tropa de jinetes navajos volando tras él para salvarlo del furor de los bandidos.
