La Herencia del desierto
La Herencia del desierto El oasis de Augusto Naab era un valle de forma ovalada, llano como un salón, verde por el follaje, salpicado de blanco por las flores, y encerrado en un círculo de colosales farallones de un vivo tinte bermellón. En su curva hacia el Oeste, el río Colorado hendía los rojos murallones de Norte a Sur. Cuando soplaba viento de poniente, un mugido hosco, como si proviniera de algún lejano monstruo enfurecido, llenaba el valle; cuando el viento venía de levante, un profundo y ensoñador susurro, un canto somnoliento murmuraba entre el follaje de los álamos; y cuando no había viento reinaba el silencio, no un silencio de serena llanura o de abrupta montaña, sino encerrado, comprimido, extraño, sin el menor aliento. Aquel Jardín de Eschtah estaba tan bien defendido contra las tempestades de los elementos como contra las tormentas del mundo exterior.
Naab había hecho que Hare durmiera en el porche sin techo de una casa de madera; lo despertó temprano a la mañana siguiente, y cuando Hare levantó las mantas, cayó al suelo una copiosa nevada de blanquísimos pétalos. Un grupo de árboles de corteza gris formaban en aquel lugar un espeso dosel verde, y a través de la intrincada maraña de ramas y hojas se divisaban los paredones de color carmesí, remontándose con irresistible empuje hacia arriba, hasta ocultarlo todo, menos el lago azul del firmamento.
