La Heroína de Fort Henry
La Heroína de Fort Henry La frondosidad de aquellos bosques era tal que parecían impenetrables. El hacha del colonizador resonaba continuamente, cortando la maleza para ceder el paso a los aventureros; y ellos, ignorantes de lo que era el miedo, despreciando la amenaza de un nuevo peligro a cada paso, se complacían con el silbido de las balas, con el grito de un piel roja o con el aullido de una fiera. La caza del indio, sobre todo, era la pasión favorita de los Wetzels, Mac-Collochs y Jonathan Zane. Los Wetzels, particularmente, se puede afirmar que no conocían otra ocupación. Manejaban el rifle maravillosamente y sus sentidos se habían aguzado con la práctica más que los de los mismos zorros. A cuál de ellos más diestro en su especialidad, con ojos de lince, siempre avizores para descubrir una pista, el humo tenue de una hoguera lejana o la más insignificante señal que denunciara al enemigo, aquellos hombres avanzaban cautelosos, pero con persistencia y tenacidad, que eran las divisas del colonizador.
Después de muchos días alcanzaron las escarpadas cumbres de aquellas montañas, desde las cuales se contemplaba la tierra de promisión; y a la vista de tanta belleza, que les brindaba prosperidades sin límites, sus corazones palpitaron llenos de esperanza.