La Heroína de Fort Henry

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—¡Por Dios, Betty; yo no quise hacer eso! ¡Espérese un momento! Tengo que decirle una cosa… ¡Por amor de Dios, déjeme explicar! —suplico Alfred precipitadamente, siguiéndola, cuando la enormidad de su ofensa apareció en su conciencia; pero Betty, sorda a su voz suplicante, corrió a su casa y le dio con la puerta en las narices. Él la llamo repetidamente, pero fue en vano; ni la puerta se abrió de nuevo, ni obtuvo contestación alguna. Se quedó quieto un rato tratando de ordenar sus pensamientos y de encontrar el medio de rectificar su mal paso; y cuando se dio cuenta de la verdadera importancia de lo que había hecho, se desesperó. ¡Qué loco había estado! Dentro de pocas horas tenía que emprender un viaje peligroso y dejar a la niña que adoraba ignorante de sus verdaderas intenciones. ¿Quién podría decirle que él la amaba locamente? ¿Quién iba a decirle que todo su corazón y su alma entera habían ido en aquel beso?

Con la cabeza colgando sobre el pecho empezó a andar lentamente hacia el fuerte. ¡Poco podía pensar que una jovencita estaba mirándole por las rendijas de su ventana, con las manos prietas sobre el pecho, tratando de apaciguar su corazón que latía locamente, hasta verle desaparecer en la sombra del blocao!



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