La Heroína de Fort Henry
La Heroína de Fort Henry Era el atardecer de uno de los primeros días de verano. Un pequeño grupo de personas rodeaba al coronel Zane, quien estaba sentado en el rellano de la puerta de su casa. De vez en cuando se quitaba la larga pipa india y echaba grandes bocanadas de humo. El Mayor Mac-Colloch y el capitán Boggs estaban junto a él; Silas Zane, a su lado, echado sobre la hierba; la esposa del coronel, de pie en el umbral de la puerta, y Betty, sentada en el último peldaño, con la cabeza reclinada en la rodilla de su hermano. Todos presentaban graves los semblantes. Jonathan Zane, que había vuelto aquel día después de una ausencia de tres semanas, estaba sentado en el suelo, rodeado por todos ellos, y contestaba a las innumerables preguntas con que le acosaban.
—No me preguntéis más y ya os contaré todo lo que haya —les dijo finalmente mientras enjugaba el sudor de su frente.
La fatiga se pintaba en su rostro y su barba desgreñada y su aspecto general denotaban un cansancio extremo.