Lluvia de oro
Lluvia de oro Al anochecer de un encapotado día de diciembre, un jinete cabalgaba siguiendo el antiguo y mal definido sendero, a cincuenta millas al Oeste de Río Forlorn. De tiempo en tiempo deteníase a estudiar el terreno. Éste era un yermo sombrío, desolado, cruzado de promontorios, cubierto de arbustos de un uniforme color castaño y de chumberas. Las lejanas montañas limitaban el valle, levantando sus negros espolones sobre las lomas y los acirates.
El solitario jinete montaba un caballo de magnífica planta, enteramente blanco, salvo una estría de color que le atravesaba la cabeza de oreja a morro. Sus flancos estaban cubiertos de polvo encrostado por el sudor. Llevaba la crin y la cola trenzadas y anudadas, para evitar su enmarañamiento con los cactos y las breñas. Una especie de rodilleras de cuero toscamente confeccionadas protegían sus patas delanteras y un peto su robusto pecho; desfiguraban la que hubiera podido ser simetría muscular de sus miembros, numerosas cicatrices y bultos. Estaba flaco, descarnado, gastado; conjunto enorme de músculos y huesos, conservando solamente de su pasada arrogancia la cabeza y el cuello; un caballo impetuoso y fuerte, como el desierto en que se había criado.
