Lluvia de oro

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Gale reanudó su marcha. Después de atravesado el corredor se halló frente a una gran depresión, tan rugosa como si el martillo de Torr hubiera clavado millones de gigantescas púas en el suelo, cubierto de grietas y costurones. Era el Valle de Altar: un caos de arroyos, cañones, rocas y surcos sembrados de cactos. El extremo este de los secos cauces formaba el enjuto álveo del río Forlorn, que recogía el agua cuando buenamente la había.

Con un hombre desvalido e inútil a cuestas, aquel trecho de espinoso desierto era infranqueable; sin embargo, Gale lo intentó sin vacilar. Llevaría al yaqui hasta donde pudiera o hasta que la muerte hiciera inútil el sacrificio. Blanco Sol se iba abriendo paso lenta y penosamente por la arena, por entre las rocas, sorteando los macizos de traidoras choyas. El sol declinó al Oeste centelleando rayos de mayor fuerza, como en vengativa resistencia a su ocaso, El viento amainó, cesó la polvareda y el frente audaz de las montañas «Sin Nombre» cambió de color. Gale, tenaz, seguía el paso del caballo, sosteniendo con una mano al yaqui, recibiendo las acometidas de las implacables espinas. Era tarea de gigantes. Las chaparreras dificultaban sus movimientos, pero no se atrevía a prescindir de ellas. No obstante ser de un cuero duro y resistente, las terribles aceradas púas de las choyas las atravesaban, hiriéndole las piernas.


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