Lluvia de oro

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VIII

La impenetrable mirada del yaqui abarcó el corral, la verja con sus rotas cadenas, las huellas en la arena, posándose por fin en Belding.

—Malo —dijo en español.

—Sí, yaqui. Ocho hombres malos y un indio traidor —dijo Ladd.

—Creo que se refiere a mi zagal —añadió Belding—. Si es así, no queda lugar a duda. Yaqui, ¿papago malo? ¿Sí?

El yaqui hizo un ademán extendiendo las manos y después se inclinó sobre las huellas del camino. Aunque eran muy confusas y en todas direcciones, gradualmente fue eliminándolas hasta llegar a la misma conclusión que los cowboys respecto al álveo del río. Belding y sus batidores le seguían de cerca; Dick le ayudaba en ocasiones en que la debilidad le vencía.

Encontraron un punto muy pisoteado, donde los raiders habían dejado los caballos; de allí arrancaba un sendero bien definido que cruzaba el lecho del río.


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