Lluvia de oro

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XI

Blanco Sol no demostró inclinación a mordisquear al paso la alfalfa del predio que cruzaban. Gale creyó notar en el caballo una vivacidad sensitiva casi humana, como si tuviese tanta conciencia como su amo de la naturaleza furtiva de la marcha.

En las lindes del campo se detuvo el yaqui y la hilera de caballos se fundió en una masa compacta. Un sendero partía de allí hacia el lecho del río. Las fogatas del campamento estaban tan próximas que podía verse el centelleo de las llamas y las formas oscuras que pasaban ante ellas. El yaqui echó pie a tierra acariciando a Diablo, hablándole por lo bajo y repitiendo la acción con los demás cuadrúpedos. Gale renunciaba a descifrar la extraña conducta del indio. Sus maniobras eran a veces inexplicables e incomprensibles, pero los resultados daban que pensar. Dick no había visto nunca tan silencioso grupo de caballos; sin un pateo, ni un relincho, ni un movimiento de cabeza que delatase su presencia. Parecían influidos por el espíritu del indio.





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