Lluvia de oro

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XII

La vereda comenzaba en una gigantesca grieta de uno de los lados del cráter, y luego seguía serpenteando hacia el interior en un laberinto de rocas y masas de lava.

Al doblar una de las curvas, Gale quedó sorprendido al ver que la hendidura se ensanchaba hasta convertirse en un arroyo, de un verde tan exuberante e inesperado que hacía aún más árido, por contraste, el terreno colindante. Blanco Sol relincho su acostumbrada salutación al sentir el agua, que pronto apareció en un hoyo profundo excavado en la lava. Había indicios de que en la época de las lluvias el agua tenía una salida por el arroyo. El suelo era de una arena fina, rojiza, abundantemente cubierta de hierba, aún lozana. Mezquites y palo-verde que poblaban el arroyo, formando gradualmente macizos que obstruían la vista.

—¡Estoy admirado! —exclamo Ladd—. ¡Qué magnífico escondrijo! ¡Podríamos permanecer aquí por tiempo indebido! Muchachos, he visto cabras monteses y carneros salvajes, de larga cornamenta. ¿Qué os parece?

—Esto debe ser un cazadero yaqui —dijo Lash—. Esa vereda que hemos seguido es centenaria. La lava está desgastada y pulida.

—De lo que no hay duda es de que Belding tenía razón al hablar del indio. Y ya me parece ver a Rojas acabando su mala vida en este agujero.


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