Lluvia de oro
Lluvia de oro Pasó el tiempo. La población de Río Forlorn fue aumentando. Belding, antaño cabeza visible de la comunidad, pasó a ser un personaje de escasa importancia. Aun deseándolo, no hubiera tenido voz ni voto en la elección de administrador de Correos, sheriff, y otros funcionarios de menor cuantía. Los Chase dividían sus actividades entre Río Forlorn y las minas de oro de Méjico, que les habían sido devueltas. La jornada entre ambos puntos, a través del desierto, se hacía en automóviles, que al cabo de un mes fueron tan familiares en Río Forlorn como en Casita antes de la revuelta.
Belding no estaba tan atareado como en otro tiempo; al perder la ambición perdió el deseo de trabajar. Su cólera contra los Chase, usurpadores, aumentaba al convencerse de la inutilidad de contender con ellos. Eran promotores, hombres de múltiples intereses y enorme influencia en el Sudoeste. Cuanto más hacían por Río Forlorn, menos fundamento parecía tener el despecho de Belding. Reconocía que era una cuestión personal, que no hubieran podido jamás, ni él, ni Gale, ni los batidores, desarrollar los recursos naturales del Valle en la forma que lo estaban haciendo aquellos hombres.
