Lluvia de oro

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XVI

Si Gale se hubiera obstinado en pensar en la plácida y confortable tranquilidad del rancho, su situación le habría parecido espantosa. Pero puesto frente a ella, en aquel caótico mundo de lava y de árida desolación, la aceptaba resignadamente como inevitable, suponiendo que de igual modo la aceptaban los demás. Si en sus pechos bullían sentimientos de afecto y de anhelo por los seres queridos, los reprimían inflexiblemente. En Mercedes, el forzado confinamiento no causo modificación alguna, tal vez porque cuanto amaba estaba a su lado en el desierto. Por tácito acuerdo, Ladd tomó la jefatura de la partida. Era hombre que en todo caso asumía sus responsabilidades. En momento de azar o incertidumbre, Lash, Gale y el mismo Belding recurrían inconscientemente a Ladd.

Lo primero que propuso fue un inventario de los recursos de que disponían para su alimento. La provisión era en verdad escasa. El batidor la contemplo pensativamente, repasando en su cerebro antiguas experiencias, llamando en su ayuda cuanto de útil y provechoso le había enseñado su dilatada vida en el desierto, aplicable a la situación presente. Aunque era imposible leer en su rostro, demacrado y cadavérico aún, su lento movimiento de cabeza fue para Gale tan expresivo como lo hubieran sido las palabras. Sin embargo, había un destello de esperanza en el significativo ademán con que indicó los sacos de sal, diciendo:


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