Lluvia de oro

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XVII

En la hacienda de Río Forlorn, Belding estaba solo, sumido en la semioscuridad de su aposento. El bochornoso calor estival envolvía como una manta la casa entera.

Tomó de sobre la mesa su biricú, ciñéndoselo lentamente a la cintura. El peso del revólver contra la cadera pareció hacerle sentir algo familiar y confortable. Fue hacia la puerta con intención de salir, pero vaciló; emprendió un paseo arriba y abajo de la habitación. Detúvose junto a la mesa y, con ademán que demostraba su contrariedad, se desabrochó el biricú, volviéndolo a dejar sobre aquélla.

La acción no tuvo aire de finalidad y Belding lo sabía. Había vivido la vida intensa de los primeros tiempos de Texas, había sido sheriff, cuando la ley del Oeste se basaba principalmente en la rapidez del juego de muñeca; había visto a muchos hombres deponer para siempre sus armas, y sabía que su acción no era final. Recientemente, habíala ejecutado con frecuencia, pero esta vez le había costado mayor trabajo, más perplejidad. Por diferentes motivos, el arma tenía para Belding una sombría fascinación.


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