Lluvia de oro
Lluvia de oro Ricardo Gale comprendió que su permanencia en el Oeste había sido exactamente lo que su descontento padre había predicho que sería: un período de holganza y de sueños fantásticos sin fin ni objetivo alguno determinado.
Una reflexión parecida, aunque tal vez más seria y mezclada de desesperación, había empujado a Gale a la frontera.
Hacía algún tiempo que los periódicos publicaban noticias de la revolución de Méjico, de la campaña de guerrillas, de la caballería norteamericana que patrullaba la franja internacional, de cowboys americanos peleando contra los rebeldes, de audaces incursiones y de bandidos. Gale leía tales rumores con marcado escepticismo. Pero ya que la oportunidad o la suerte habían pasado de largo por su lado durante su estancia en Montana, Wyoming y Colorado, se había encaminado hacia el Sudoeste, a la frontera de Arizona, donde confiaba que la vida sería menos monótona. No le interesaba particularmente lo que podía ocurrirle. Después de varios meses perdidos en fútiles tentativas de encontrar un empleo que le cuadrase, Gale empezaba a ser de la opinión de su padre.
