Lluvia de oro

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XVIII

Ladd, Lash, Thorne, Mercedes…, los brazos de Belding eran cortos para abarcar a todos a la vez. Después le llego el turno a Blanco Diablo. Como si supiera comprender la situación, el fiero animal estaba quieto, manso, apacible. Recordaba al más bondadoso de los amos y tendía hacia él su aterciopelado morro.

Dick Gale tenía a Nell entre sus brazos. Belding les estrechó a ambos, excitado como un colegial. Vio a los Chase alejarse, sin conceder importancia a su retirada.

—¡Dick! ¡Dick! —vociferó—. ¿Pero eres tú?… ¿Quién dirías que está aquí…, aquí, en Río Forlorn?

Gaje estrechó la mano de Belding con la suya, recia y potente como una tenaza, sin pronunciar palabra, pero el padre de Nell pensó que recordaría eternamente su mirada.

Tres personas más entraron en escena. Elsie Gale, corriendo apresuradamente, y su padre, acompañando a la señora Gale, que parecía a punto de desmayarse.

—¡Belding! —grito roncamente Dick.

El rostro de Elsie estaba cubierto de intensa palidez, pero sus ojos reflejaban su alegría.


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