Lluvia de oro
Lluvia de oro Ladd, Lash, Thorne, Mercedes…, los brazos de Belding eran cortos para abarcar a todos a la vez. Después le llego el turno a Blanco Diablo. Como si supiera comprender la situación, el fiero animal estaba quieto, manso, apacible. Recordaba al más bondadoso de los amos y tendÃa hacia él su aterciopelado morro.
Dick Gale tenÃa a Nell entre sus brazos. Belding les estrechó a ambos, excitado como un colegial. Vio a los Chase alejarse, sin conceder importancia a su retirada.
—¡Dick! ¡Dick! —vociferó—. ¿Pero eres tú?… ¿Quién dirÃas que está aquÃ…, aquÃ, en RÃo Forlorn?
Gaje estrechó la mano de Belding con la suya, recia y potente como una tenaza, sin pronunciar palabra, pero el padre de Nell pensó que recordarÃa eternamente su mirada.
Tres personas más entraron en escena. Elsie Gale, corriendo apresuradamente, y su padre, acompañando a la señora Gale, que parecÃa a punto de desmayarse.
—¡Belding! —grito roncamente Dick.
El rostro de Elsie estaba cubierto de intensa palidez, pero sus ojos reflejaban su alegrÃa.
