Lluvia de oro
Lluvia de oro Un glorioso día de verano, un día de sol y calor, plácido y serenó, amaneció sobre Río Forlorn.
La señora Belding regresó aquel día, encontrando a su hija en plena felicidad, y el ayer, sepultado para siempre en dos solitarias tumbas. Gale pensó que no olvidaría jamás la dulzura, la pasión de su abrazó al llamarle hijo y darle su bendición.
El sacerdote que casó a Nell y a Gale celebró la ceremonia como si dijera sus oraciones, sin interés ni penetración, y pasó de largo, dejando tras de sí una estela de felicidad.
—Yo estaba moribundo —dijo Ladd— y casi muerto, pero… tendré que ponerme bueno.
Tal vez algún día podré volver a montar a caballo. Tú dirás, Nell. De momento, voy a darte varios besos y a desearte toda la dicha que hay por este mundo, y ¡Dick!…, como dice el yaqui, no hay duda de que ella es tu Lluvia de Oro…
Hablo de la fortuna de Dick al encontrar amor, con el hondo y triste sentimiento del hombre solitario que ha suspirado siempre por hallarlo, sin llegar a conocerlo.
Belding, readquirida su antigua importancia con proyectos mineros y planes hidráulicos a su cargo, no tenía palabras más que para ensalzar la suerte de Dick hallando oro que él llamaba «oro nativo».
