Lluvia de oro
Lluvia de oro Belding asigno a Dick una habitación sin ventanas, pero con dos puertas, que daban al patio una y la otra a una de las plazoletas del lado Oeste. El aposento contenÃa el ajuar estrictamente preciso para su comodidad. Dick menciono el equipaje que habÃa dejado en el hotel de Casita, pero Belding opino que, de momento, serÃa arriesgado todo intento de recuperarlo. Lo más probable era que Dick gozase de poca popularidad entre los mejicanos de la población.
AsÃ, pues, el joven se despidió in mente de su equipaje, reflexionando que, habiéndose despedido también de su pasado vacuo y sin atractivos, bien podÃa renunciar a lo que con el tal pasado le ligaba. Sin embargo, no contando más que con lo que llevaba encima, hubo de manifestar su sentimiento por tamaña privación.
—¡Bah! —exclamo Belding—. El dinero es lo que menos nos preocupa por acá, lo cual no quiere decir, Gale, que no consiga enriquecerse aquÃ, si se lo propone.
—No me sorprenderÃa —replico Dick, aunque no pensaba en riquezas materiales y, contemplando su camisa hecha jirones y no muy limpia, añadió—: Belding, hasta que sea rico, quisiera tener algo de ropa decente.
—En el poblado hay un bazar mejicano; lo que no encuentre usted allÃ, las mujeres se lo confeccionarán.
