Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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VIII

Al volver en sí, Adán advirtió que se hallaba echado bajo un árbol en cuyas ramas había extendida una lona, seguramente con objeto de darle sombra. El día estaba declinando.

La cabeza ya no le dolía, ni tenía la lengua hinchada; hasta el hervor de la sangre habíasele apaciguado, y su piel era húmeda al tacto.

Percibió el rudo acento de un hombre que vociferaba a animales, al parecer burros. Aunque le seguía doliendo el cuerpo, Adán pudo incorporarse tras breve esfuerzo. En todas partes vio cajas forradas de cuero, alforjas, utensilios de minero y otros varios objetos, amén de tres grandes cantimploras cubiertas de lona, aún rezumando. Sobre las ascuas de una fogata hervía una cazuela de hierro negro. Un poco más lejos hallábase un hombre, vuelto de espalda, dando al parecer escogidos trozos de comida a cinco burros ansiosos.

—¡Malcriados…, eso es lo que sois… todos! —exclamaba en aquel instante, y la bondad de su voz desmentía su rudeza—. ¡Caramba, otros burros peores he tenido que no han hecho lo que vosotros!

Volvióse, y advirtió que Adán le estaba mirando.

—¡Hola! ¡Ya nos hemos despertado! —observó con interés manifiesto.


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