Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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IX

Esperando que regresara Dismukes, Adán permaneció durante largo rato despierto; mas como aquél no volviera, por fin le venció el sueño. La voz del minero le despertó. El sol ya estaba tiñendo de rojo la sierra del Este y el paisaje aparecía fresco y lleno de color a la luz de la mañana. Lo único que le quedaba a Adán de sus pasados sufrimientos era un hambre atroz. Dismukes, disponiéndose a calmársela, le aconsejó que no comiera demasiado.

—Y ahora, Wansfeld, es preciso que aprenda lo que son burros —dijo después—. Este animal es la parte más importante de su equipaje. El desierto seguiría siendo un páramo desconocido para el hombre blanco, si no hubiese sido por estos feos y perezosos animales. Siempre que se enfade usted con uno de ellos y sienta el deseo de matarlo por sus fechorías, recuerde que sin él nada puede hacer en el desierto.







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