Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Transcurrieron algunos instantes, hasta que Adán salió de su aturdimiento y pudo discernir la causa del desastre, relacionado con la desaparición de Jinny.
Estudiando las huellas alrededor del campamento se convenció de que Jinny tenÃa la culpa de todo. Desparramados por el suelo y fuera del alcance del fuego, habÃa muchos fósforos. El endiablado animal, aprovechando la ausencia de su amo, debió de quitar la lona que cubrÃa el conjunto de vÃveres y provisiones y al buscar entre los paquetes algo en que hincar el diente, debió de morder la caja de fósforos, encendiéndose éstos.
—¡Dios mÃo, no lo recordé todo! —exclamó Adán, refiriéndose a los sabios consejos que le diera Dismukes. Vencido por la desesperación se dejó caer al suelo y dio rienda suelta a su dolor.
—Me echaré aquà y me dejaré morir —murmuró.
Mas no le fue posible permanecer siquiera un momento inactivo, como si estuviese poseÃdo por un diablillo que no quisiera admitir la idea del vencimiento o de la muerte. Su espÃritu parecÃa sacudirle, obligándole a levantarse y secarse las lágrimas.
—¿Por qué no podré renegar como un hombre para desahogarme, tratando luego de averiguar qué se puede hacer? —se preguntó, un poco más animado.
